Thamara López | Escritora

Choroní un pueblo con alma

Choroní un pueblo con alma

    La semana pasada celebré mi cumpleaños en Choroní, y puedo decir que Choroní es un pueblo con alma. Su gente te sonríe y te acoge, y te muestra su tierra con orgullo y hacen que te enamores de ella. Los artesanos, los guías, los lugareños oriundos y otros que fueron por un día y se quedaron por una vida. Escuché muchas historias de personas que me dijeron «vine por un fin de semana, y no me fui nunca más». Turistas que van por un día, como un grupo de holandeses que me topé, y ya llevaban 1 mes en Choroní. Choroní es un pueblo cálido de clima y esencia, tiene magia y arte en sus calles, es un pueblo costero pequeño, de pocas calles y mucha energía. En sus paredes hay arte, colores, historia. Todo parece contarte algo. Las posadas son acogedoras, la mayoría con estructuras antiguas pero bien conservadas, el pueblo es un llamado a la quietud y a la conexión, el río se une con el mar, la naturaleza te sumerge en una energía única, y pareciera abrazarte e invitarte a quedarte.   Un lugar para regresar Lo pensé como un destino al que quería conocer, y terminó siendo un lugar al que quiero volver. Nos quedamos en la posada El Castillo, Jonathan y Luis fueron muy amables y atentos, especialmente Luis que terminó salvándome la vida, en sentido literal, porque casi me ahogo en Playa Grande por tirármela de rescatista. Eduardo me vendió unas barras de cacao hechas en Chuao, un pueblo con historia cuyo cacao es uno de los más famosos del mundo entero. Con mucho orgullo me contó cómo los artesanos de Chuao trabajan el cacao y producen el mejor cacao del mundo.  Marianella, una artesana caraqueña con unos ojos azules muy bellos y una energía muy bonita, que cambió la capital del país por este pueblo con alma. Ella me dijo «la paz que hay aquí en Choroní no la encuentras en ningún otro lugar». Me contó con una sonrisa como va con su esposo cada mañana a hacer sus estiramientos frente al mar, mientras monta el café y las arepas. Sentí que esa rutina matutina para ella, ya era suficiente razón para quedarse en Choroní. A ella le compré unas pulseras hermosas, y me regaló un detalle cuando le dije que estaba cumpliendo años. Rodolfo, otro artesano que fue de pasada, se quedó con su esposa y ahora viven en un hogar hecho de troncos de bambú. Estando allí en la plaza hablando con él, alguien nos estaba escuchando la conversación y le preguntó si vendía ese lugar. Con una sonrisa amable, pero con gran firmeza Rodolfo respondió «no, jamás». Y Ricardo, otro artesano, un chamo de 20 años que cuando se graduó de bachiller en Barquisimeto, pensó en que no quería quedarse en el camino conocido, en trabajar para alguien más con un horario de oficina, y se fue a Choroní y ahora vive allí desde hace casi 5 años. Me dijo «aquí tengo libertad, estoy estudiando gastronomía en Caracas, me voy 3 veces por semana en mi moto, aquí soy feliz». Edison Maitín, quien nos llevó de Maracay a Choroní, con orgullo nos contó «no es por presumir, pero el busto que se encuentran al entrar al pueblo de Choroní, es del escritor José Antonio Maitín, y yo soy descendiente de él». En Choroní abundan las historias con alma, en donde menos te las esperas. El arte en Choroní Jonathan, Luis, Marianella, Ricardo, Rodolfo, Edison, Leo, y con muchos otros hablé. En todos ellos hay algo en común: su amor y orgullo por ese pueblo. Bien sea que hayan nacido allí, o que simplemente ese pueblo hermoso no los dejó ir, todos lucen enamorados de Choroní. No sé si los volveré a ver, pero todos ellos reflejan que Choroní es un pueblo con alma, no solo por su naturaleza única y cautivante, sino por la gente que lo habita. Fueron conversaciones profundas con extraños, esas cosas que solo se dan en Venezuela y entre venezolanos. Personas que me contaron en pocas palabras sus vidas y sus razones para quedarse a vivir en Choroní. Y así, todos con quienes hablé, me narraban una vida tranquila y feliz, en donde no se necesitaba mucho para ser feliz. La simplicidad de un pueblo, sus colores, su costa, sus ríos, el pescadito fresco, el orgullo por su tierra, una conversación amable. Solo eso basta. Choroní es un pueblo sin prisas, el tiempo parece rendir más, mi día de cumpleaños se sintió eterno y sereno, parecía que se podían pausar los buenos momentos a discreción. He sentido todo lo contrario en grandes ciudades como Miami, en donde los días parecen atropellarte para dejarte con la sensación que no has hecho nada.   Mi día de cumpleaños se sintió mágico, tranquilo, bendecido, rodeada de gente bonita, sencilla y feliz. No me puedo despedir de este artículo sin darte las gracias a ti, por haber hecho de mi cumpleaños un día tan especial, por haberme complacido en celebrarlo en Choroní, y por dedicar ese día a celebrarme y a celebrarnos. Todo fue mejor y tuvo más magia, porque estábamos allí juntos. Gracias mi amor. Este artículo es una invitación, que deberías aceptar, a visitar Choroní, un pueblo con alma.        

Una noche venezolana en Miami

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Al día de hoy, casi al final del 2023, es poco lo que se puede extrañar de Venezuela en Miami, nos hemos adueñado casi de todas las esquinas de esta ciudad hermosa, multicultural, complicada, y de un clima aún más loco que su tráfico. Hemos incluso arrinconado al idioma, y en cada lugar de la ciudad, se habla español. La última vez que vine, año 2019, había que esforzarse por conseguir un chocolate carré, hoy, Noviembre 2023, fue lo primero que vi al entrar a la cadena CVS. Es solo una simple mención, pero un gran reflejo de lo que es ver tu cultura y tus gustos en cada lugar de Miami, empanadas, harina pan, cachitos, y hasta hallacas listas en los mostradores. Aquí podemos comer como en casa, bueno, a excepción del queso blanco, con el queso sí que estamos jodidos los venezolanos aquí, no hay manera de encontrar un buen queso blanco en esta ciudad ni en este país, el que logre fabricarlo y venderlo, la pega del techo porque tendrá a todo el gentilicio venezolano de cliente.  Nuestra gastronomía nos mantiene en casa La gastronomía de un lugar es como una cobija de tu tierra, uno siente el sazón de la madre en otras tierras y te sientes en casa, bueno, no en mi caso, mi madre no cocina y yo heredé ese mal gusto, así que mis dos hijos, hoy fuera de tierras venezolanas, extrañan mis abrazos pero no mi sazón. Y sí, la comidita de casa te mantiene cerca de tus afectos, pero la gente, la gente es la que realmente hace de una casa un hogar, y de una parrilla o compartir, un desmadre venezolano en donde luego de estrechar la mano y un “mucho gusto”, ya de ahí en adelante olvídate del decoro, la distancia o la categoría.  Así somos en Venezuela Hace 2 días estuve en una reunión venezolana en Miami, y tal como te cuento en el párrafo anterior, a uno no le da tiempo de pasar por la prudencia o la distancia, es cuestión de minutos caer incluso en intimidades sexuales como quien habla con tu mejor amiga de toda la vida.  Ya no se habla, se grita a ver quien corre con la suerte de sobresalir en decibeles sobre el resto y poder echar tu cuento.  En ese desmadre de confianza precoz caemos todos, de todas las edades, ¿respeto? en nuestros términos, se respeta tuteando, chalequeando (bullying como dice la gente fina), y sacándole los trapitos a la gente. Aquí en estos encuentros venezolanos, el que se arreche (no en jerga colombiana, sino en jerga venezolana que significa molestarse en grado superlativo) pierde, olvídate de que van a dejar de joder si te molestas, te tendrás que ir, en cuyo caso les habrás dado el motivo de cagarse de la risa por el resto de la noche.  En estos desmadres venezolanos hay risas, improperios, imprudencias y mucha pero mucha calidez, uno llega saludando con la mano con el poquito decoro que nos queda como gentilicio, y se va apretando y besando a la gente como si la conociera de toda la vida.  A mi me encanta mi gente, con palabrotas, bien confianzudos, gritones, inapropiados, genuinos y muy reales, cuando vemos un gordo le decimos “coño vale, ¿estás reteniendo líquido marico?”, entre gringos la frase equivalente sería “omg, you look amazing!”, por eso aquí hay tanto gordo, porque nadie les dice que están gordos.  Este artículo lo dedico a la familia Alonso, quién hace 3 días me hizo sentir en casa, con bollos, ensalada de gallina y pernil incluido, me sentí en casa por la comida, y en casa por los abrazos y las risas. Amo mi gentilicio alborotado, que se siente donde llega, aquí estamos en Miami los cubanos y los venezolanos coexistiendo y viendo a ver quienes somos más escandalosos, ellos nos ganan en número, por ahora, porque llegaron primero, pero en la periquera (bulla, gente que habla alto, aclaro por si acaso estableces otra asociación inapropiada), creo que estamos tablas.  Emigrar no es fácil, pero si tienes quien cocine tu comida favorita, y quien te abrace fuera de tu tierra, sin duda se diluyen las añoranzas para dar paso a la gratitud de tener un nuevo hogar. Al final, el hogar es donde está el corazón, y yo en esta navidad, aunque estoy fuera de mi casa, estoy en mi hogar estando en Miami, porque los brazos de mi hijo siempre serán mi hogar. 

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